
Ella no brilla con luz propia, su pálido semblante es solo un reflejo del Sol. Para nuestros antepasados, la noche de luna llena con su luz fría era noche de muerte, noche en la cual hombres se transformaban en lobos o los muertos en vampiros. Noches de sacrificios y ritos mágicos. Algunos se imaginaban que las almas de los muertos viajaban a la Luna o hacían escala en ese puerto sin vida camino al más allá. Pensaban que la luz de la Luna afectaba nuestro espíritu y nuestros humores, y que las fases de la Luna afectaban a las personas con problemas mentales. Había (y hay) gente “lunática”. En palabras de Dante la Luna era “lucidora, densa, sólida y pulida, cual diamante que al Sol brilla”. Si alguno preguntaba por qué la Luna tenía manchas, la respuesta era que la esfera perfecta reflejaba la Tierra imperfecta. O, como alternativa, le lavaban la boca con jabón.
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